Y Santos protestó: “esas preguntas no se hacen”

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Por Eduardo Mackenzie

@eduardomackenz1

 

El presidente Santos, tras recibir su premio Nobel de la Paz, lanzó en Oslo una súbita ofensiva verbal contra la periodista Karla Arcila, de RCN Tv, quien había osado abordar, en una rueda de prensa, el tema candente y tan evocado en Colombia y España sobre los lazos que pueden existir entre el citado premio de este año y los intereses petroleros de Noruega.

“¿Usted por qué hace esas preguntas? No es el lugar indicado. El gobierno noruego está muy molesto’’, le lanzó Juan Manuel Santos a Karla Arcila tan pronto terminó la rueda de prensa. La periodista no se dejó apabullar y reafirmó su derecho a hacer preguntas libremente aunque éstas no sean del gusto de un jefe de Estado. Otros periodistas que habían viajado a cubrir la ceremonia  respaldaron, en buena hora, la actitud de la colega Arcila.

Como la injusta reprimenda no convencía, Santos cambió de tono y se mostró como un profesor de periodismo llegando a la desfachatez de decir que la labor de los periodistas es, según él, el de  convertirse en “filtros” que impiden el paso y la circulación de ciertas informaciones que pueden molestar a personas como él, o como a la primera ministra de Noruega.

“Ustedes deben ser filtros”, les dijo, luego de arrojarles a la cara el reproche de que la pregunta de Arcila había “indignado al gobierno noruego” y que él, Santos, se sentía “avergonzado” y que el periodismo colombiano había quedado “muy mal” por esa pregunta.

Asumiendo una identidad abandonada por él hace años, Santos trató de impresionar al grupo al decirles. “Nosotros los periodistas no podemos ser transmisores de locuras”. El mandatario desplegó así, como sin quererlo, una teoría muy cuestionable: el buen periodismo practica la autocensura y la complicidad con los intereses creados. Según Santos, hacer preguntas irreverentes,  embarazosas, incómodas, convierte a los periodistas en “transmisores de locuras”. “Eso no es buen periodismo”, sentenció.

¿La pregunta de Karla había sido una “locura”? ¿Su pregunta había sido una muestra de “mal periodismo”? Claro que no. La pregunta de ella no era condescendiente, cierto, ni lambona, pero era pertinente y legítima. Y eso es lo importante. Mencionar ese punto del petróleo no debe ser visto como una “vergüenza”. Ella honró, por el contrario, al periodismo colombiano y mostró el valor civil de los periodistas al hacer esa indispensable pregunta en Oslo.

¿Acaso lo revelado por la periodista norteamericana Lía Fowler, el  8 de octubre de 2016, en su artículo “¿Paz a cambio de petróleo?” (1),  lo denunciado por el escritor español Ramón Pérez-Maura, el 9 de octubre de 2016 (2), y  lo dicho por el editorial del Wall Street Journal, el 7 de octubre de 2016,  que critica  la atribución del Nobel a JM Santos y afirma que a quien deberían dar el premio Nobel de la Paz es al ex presidente Álvaro Uribe, “cuya campaña contra las Farc hizo la vida más segura para millones de colombianos”,  habían sido acaso desmentidos  claramente, a tiempo, con hechos y pruebas, por el gobierno de Noruega? No. Ese gobierno, que ahora, según Santos, se declara “ofendido”, no había abierto la boca para hacer luz sobre esas fundadas acusaciones.

Luego la primera ministra de Noruega Erna Solberg mal puede declararse “ofendida” por la pregunta de Karla Arcila, cuando ella, la responsable noruega,  no había tenido la decencia de aclarar el oscuro asunto de las decisiones de Estado tomadas por el presidente colombiano en favor de Statoil en 2014. Tampoco lo había hecho la presidente del Comité Noruego del Nobel, Kaci Kullmann Five. ¿En vista de ese curioso silencio oficial los periodistas debían evitar esos temas? Claro que no. Luego el interrogante sobre la relación Santos-Statoil sigue vigente y las preguntas sobre ese asunto siguen siendo legítimas.

La ministra Erna Solberg puede declararse disgustada por la franqueza de los periodistas colombianos. Ella está en su derecho. A lo que no tiene derecho es a colaborar en la destrucción del sistema político de Colombia. Si Erna Solberg se molestó con la pregunta de una periodista de RCN los colombianos también lo estamos, y mucho,  con ella y con el Estado noruego, pues ellos están favoreciendo, con actos políticos de alcance internacional, como la ceremonia del Nobel de la Paz, y con el apoyo al pretendido “proceso de paz”, el desmantelamiento del orden democrático de Colombia.

Y ello es imperdonable. ¿Aceptaría Erna Solberg que el terrorista  noruego Anders Breivik fuera sacado de la cárcel y amnistiado y se le diera la posibilidad de difundir sus ideas y hacer política en todo Europa y, además, tuviera el derecho a tener diputados en el parlamento noruego y la posibilidad de  construir un partido político legal y armado, dotado de finanzas, de un periódico, una radio y una televisión y con diputados y concejales en las 19 provincias (fylker) y en los 428 municipios (kommuner) noruegos?

¿Le gustaría que el autor del doble ataque del 22 de julio de 2011, en Oslo y en la isla Utoya, donde 77 personas fueron ultimadas a bala y bomba, pudiera disponer de inmensos territorios poblados, cultivados y con ganadería para actuar sin dar cuentas a nadie y en la más grande autonomía?

¿Le gustaría a la primera ministra Erna Solberg que Anders Breivik y sus  cómplices pudieran controlar un tribunal especial de justicia autorizado para meter en el banquillo en cualquier momento, y por cualquier motivo, pasado o presente, a los ex presidentes de Noruega y a los altos jefes políticos y militares del país? ¿Sin olvidar a los periodistas que condenaron, con artículos, editoriales y reportajes, los actos terribles del 22 de julio de 2011?

Lo que está apoyando el gobierno de Noruega respecto de Colombia es algo similar a eso. O peor: la guerra desatada por las Farc ha hecho, solo desde 1985, ocho millones de víctimas (3). Y el acuerdo redactado por Santos y las Farc en La Habana, que tanto alaba el gobierno noruego, no significa restablecer la paz en Colombia sino transformar, de la noche a la mañana, a cientos de Anders Breivik colombianos no arrepentidos en ciudadanos ordinarios a quienes se les otorgaría el poder de hacer de Colombia un gulag cinco veces más grande que el gulag cubano. Los colombianos rechazaron ese plan en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, pero éste no ha sido leído por los que mandan en Oslo.

No, quienes estamos indignados somos los colombianos por la acción nefasta que el gobierno noruego juega en nuestro país. Quizás por eso los periodistas que fueron a Oslo no pudieron cerrar la boca, ni lanzaron alabanzas hipócritas, como esperaba el señor Santos, sino que dijeron, al menos bajo la forma de una pregunta en una conferencia de prensa, lo que tenían que decir.

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