¿Paz negociada o paz de revancha?

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Por Eduardo Mackenzie
27 de septiembre de 2014
Si el presidente Juan Manuel Santos reveló tres textos de los varios “acuerdos” firmados por él y las Farc no fue por genero sidad ni por respetar a quienes exigen que  haya transparencia  en unas negociaciones en las que se está poniendo en juego el destino de todos los colombianos.

Santos reveló textos sobre la “reforma agraria integral”, que exigen las Farc, sobre la curiosa “participación política” que buscan los terroristas y sobre el “manejo de cultivos y drogas ilícitas” de esos mismos actores. Esos puntos no son todos los “borradores conjuntos” que parecen existir entre ellos y no develan todos los misterios de los conciliábulos y pactos obscuros, al margen incluso de algunos d e los negociadores del bando gubernamental, que se tramitan en Cuba. Tampoco aclaran otros encuentros aún más velados, pero desde 2013, con políticos que no son negociadores oficiales, como el grupo de seis donde figuran el senador Roy Barreras e Iván Cepeda, entre otros.
No hay pues esclarecimiento total de lo que se trama en esa ciudad del Caribe. La opinión debe estar más alerta que nunca frente a todo eso. Pues cada uno de los tres temas mencionados arrastra una serie de puntos sobre los cuales las partes no se han puesto de acuerdo. Y sin hablar de otros puntos que parecen sumamente graves, como el no desarme de las Farc,  la impunidad que gestionan sus jefes y el descuaderne de las Fuerzas Militares. El país no conoce exactamente esos puntos, y los alcances de esas diferencias, pues las partes son deliberadamente confusas al respecto.
Con su gesto, Santos trata pues de contrarrestar el mar de dudas que generan las negociaciones secretas. Tras más de dos años de diálogos, una franja de la opinión llegó a la conclusión –la cual será sin duda confirmada por la lectura de las 65 páginas entregadas a la prensa–, que lo que cursa en La Habana no es una negociación de paz. El trámite es una variante de eso. No se ve, por ejemplo, en qué parte hay un  compromiso claro entre ellos  sobre la instauración de la paz en el marco de una Constitución democrática. Lo que  está ocurriendo es la redacción reservada de una nueva Carta que expropiará al país de sus instituciones republicanas y democráticas tradicionales para imponerle a rajatabla, pero envuelto en una nube de propaganda buenista,  un régimen distinto, de transición hacia el socialismo, destructor de la economía, policiaco y totalitario,  idéntico al que sufren hoy los cubanos y los venezolanos. Las Farc no firman nada que contradiga esa ambición.
La p az que discuten en La Habana no será una genuina paz negociada, sino una paz de revancha. Pues hay varias clases de paz. Hay una paz negociada, pero también puede haber una paz de revancha y hasta una paz de destrucción, como ocurrió en otros países y en otras épocas (1). La paz de Versalles, por ejemplo, con la que concluyó la primera guerra mundial, fue una paz de revancha, que alimentó el nacionalismo alemán y culminó en otra catástrofe peor: la segunda guerra mundial.
La que se está pactando en Cuba es una paz de revancha y de destrucción pues las Farc, fuerza armada vencida, quieren,  sin embargo, una paz pero en sus términos, es decir, a condición de que el país acepte las reglas de juego del vencido. Si el primero acepta ese esquema, la paz será una paz de revancha y de destrucción.
La paz que queremos la inmensa mayoría de los colombianos es una paz con unas Farc que aceptan el marco estatal democrático y la sociedad libre. El modelo de ellas es otro: el que ha fracasado en Cuba y Venezuela, el que existía en la URSS y en Europa del Este. Las Farc jamás han renunciado a ese modelo. Ellos atacan y atormentan a Colombia pues, precisamente, su modelo genera el más amplio rechazo social y político.
Si en La Habana, los voceros de Santos aceptan el diseño de un país con otras instituciones, las Farc habrán realizado su programa sin siquiera vencer las armas de la República. Será la culminación de una revolución socialista por infiltración y destrucción psicológica del adversario.
Una paz en esas condiciones abrirá nuevos ciclos de caos y violencia pues los colombianos jamás aceptaremos un régimen totalitario en nuestro suelo al servicio de la burocracia parasitaria de Cuba y Venezuela. La paz en esas condiciones se transforma en su contrario, en destrucción y miseria.
En estos dos años de “negociaciones”, empero, una parte del país, ciega a estas realidades, ha creído que los cambios que Santos y las Farc anuncian ampliarán las libertades, generarán prosperidad y le permitirá al país salir de la espiral de terror y corrupción. La estabilidad del proceso habanero depende de la buena salud de esa creencia. La campaña “Soy capaz” fue lanzada, precisamente, para fabricar la imagen de que los empresarios, el sector privado en general, y las capas medias, desorientadas o escépticas, ya están alineadas. Eso es falso. Esa campaña, que quiere decir “soy capaz de aceptar lo inaceptable”, es la típica táctica subversiva cubana para dividir l a sociedad y los altos mandos militares, antes de dar el zarpazo sobre Colombia. ¿Por eso es que Santos dice que “Colombia está más cerca que nunca de logar la paz”?

(1). Estos conceptos son desarrollados por G. F. Kennan, célebre diplomático norteamericano, en su obra La Russie soviétique et l’Occident (Calmann-Levy, Paris, 1962, p. 159).

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