NOSOTROS, LOS IGNORANTES

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Por: Rafael Nieto Loaiza

Este presidente, tan liberal y tolerante y progresista, tan mejor amigo de los déspotas que arruinaron a Venezuela y van por lo mismo en el resto del Continente, tan generoso con los del 8.000, a quienes se ha dedicado a reencauchar 25 años después del asesinato de Galán, tan pródigo con quienes tienen el prontuario criminal más largo y tenebroso de nuestra historia, como que llevan medio siglo asesinando sin compasión, ha decidido agregar un adjetivo más a quienes tienen, tenemos, la desfachatez de criticar sus políticas.

A la lista de neonazis, neofascistas, ultraderecha, extremistas, mano negra, buitres, tiburones y vacas muertas, entre otras lindezas, ahora agrega el de ignorantes.

Fue su respuesta a los críticos de enviar miembros de la Fuerza Pública a La Habana. “¡Qué ignorancia sobre la historia… Todos los militares victoriosos han ido a las mesas a decir cómo es que quieren terminar las guerras. Eso dignifica al que ha venido combatiendo y lo enaltece darle esa oportunidad”.

Por partes. Uno, aunque Santos lo repita mil veces, no es verdad que todos los conflictos armados finalicen en una negociación. De hecho, la historia muestra que la inmensa mayoría de ellos, internacionales y no internacionales, termina con la rendición de uno de los contendientes. Ocurrió en la Segunda Guerra Mundial. Los aliados nunca se sentaron a negociar “la paz” con Hitler y los fascistas. Ocurrió en la guerra civil norteamericana, con la rendición de Lee y los confederados en 1865. O más cerca, hace apenas cinco años en Sri Lanka, con la muerte a manos del Estado del fundador de la guerrilla Tamil y sus dos comandantes más cercanos.

Dos, frente a “la paz” endiosada de Santos hay que advertir que no es el bien social más importante ni justifica sacrificar ni poner en peligro la democracia, el estado de derecho, la libertad o la justicia. Hay “paces” indeseables e insoportables. Como pactar con los nazis o capitular ante tiranos de todos los pelambres. Frente a ellos es irrenunciable el derecho al uso legítimo de la fuerza, si ella fuera el último recurso. 

Tres, dialogar con terroristas es posible, claro, pero solo para su desmovilización, desarme y reinserción. Nada más. Las negociaciones de reformas al Estado o la Constitución legitima a los terroristas. Ofrecerles impunidad alienta la reproducción de la violencia. Darles beneficios políticos castiga a quienes hacen política sin asesinar.

Cuatro, llevar a La Habana a militares y policías ni los dignifica (“hacer digno a alguien”) ni los enaltece (“ensalzar, engrandecer”). Lo que enaltece y dignifica a nuestros uniformados es el cumplimiento del deber, combatir a los terroristas, no sentarse con ellos. Eso lo hacen porque los obligan y tapándose las narices. 

Quinto, por supuesto no solo es necesario sino indispensable que militares y policías estudien, definan y verifiquen las condiciones que permitan y aseguren que la desmovilización, el desarme y la reinserción sean efectivos. Pero eso no significa que haya que llevarlos a Cuba. Y, en todo caso, tal cosa solo debería hacerse cuando no haya duda de que hay un pacto irreversible. Antes y en las circunstancias de ahora, solo trae efectos negativos: divide internamente a las Fuerzas, ofende a las víctimas uniformadas y a sus familiares, da información táctica y estratégica a los negociadores de las Farc, desmoraliza a quienes aun combaten y resta eficacia a las acciones militares y policiales (nadie quiere ser el último muerto y la presencia de los uniformados da la sensación, aunque no sea cierto, de que la “paz” es inevitable).

Y no, la paz no está “de un cacho”, creemos nosotros, los ignorantes. Los temas más difíciles están pendientes: justicia, participación política de criminales internacionales, extradición, reparación con los bienes de las Farc, mecanismos de refrendación. Sin ellos no hay “paz” posible. Así que el envío de los uniformados a La Habana fue inoportuno e inconveniente. O nos tienen engañados. Seguramente las dos cosas.

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