Nos entregaron al comunismo y a las Farc

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Fernando Londoño
Fernando Londoño
Por: Fernando Londoño

Los suscriptores plenipotenciarios de lo que llaman el acuerdo entre el Gobierno y las Farc han quedado sumergidos en un grave dilema. Porque no saben una palabra de lo que es el comunismo, o lo saben demasiado bien. En cualquiera de los dos casos queda en evidencia que juzgan a los demás colombianos como un hato de imbéciles.

Empieza la gracia con el título mismo del papelucho en materia política: “Apertura democrática para construir la paz”. Los hijos de Lenin, los herederos de Stalin construyendo y ampliando la democracia, ¿no valen como el más cruel de los chistes?

Esta ampliación y profundización de la democracia empieza con la “dejación” de las armas. Sin decir, claro está, quién las deja. Aquí han puesto la primera mina antipersona, estos expertos en ponerlas para volar las piernas de cualquier transeúnte. Las armas se dejarán de parte y parte, por supuesto. Y no se trata de una omisión, de una pura imprecisión circunstancial. ¡Qué inocencia! El primero que dejará las armas será nuestro Ejército, nadie lo dude.

Hablan después de las “garantías de participación política”. Ellos, tan acostumbrados a garantizar la vida y la integridad y los bienes de cuantos quieren hacer política ahora se desviven porque a nadie se le perturbe su vocación.

Esas garantías se deben extremar en los sitios “donde aún persisten riesgos”. Que seguramente, por casualidad, son aquellos donde andan los hijos de Timochenko con fusil al hombro. Y que también coinciden con las zonas apartadas por el conflicto y el abandono. Faltó precisar que también, por casualidad, son las zonas de lo que llaman las de influencia guerrillera.

Para aquellas zonas está dispuesto el otorgamiento de canales de televisión y emisoras de radio, porque sería una extravagancia dejarlas sin voz. Por supuesto callan el nombre de las emisoras y de los canales. Lo que sabemos es que serán espacios mantenidos por los colombianos que no hemos matado a nadie, desplazado a nadie, reclutado a nadie, secuestrado a nadie. Porque de otro modo, la cosa no tendría chiste.

En esos territorios, y probablemente en el país entero, debe aplicarse “un sistema integral de la seguridad para el ejercicio de la política”. Eso es maravilloso. En esa seguridad integral fueron expertos los bolcheviques y es Fidel Castro el último de ellos. Y tampoco está dicho, pero no se niega, que el sistema contará con la ayuda de los alzados en armas, que seguirán con las armas pero sin estar alzados. Ya serán los dueños de esos apartados lugares donde profundizarán la democracia.

En aquellos sitios no regirá la vieja y desueta idea democrática de que un ciudadano vale por un voto. Aquellos lejanos parajes se constituirán en circunscripciones especiales donde se elegirá, sin votos suficientes, y Cantinflas diría que ahí está el detalle, un número X de representantes. Lo de la X queda para después llenarlo.

Que no se escape tampoco el detalle de que aquel integral sistema de seguridad estará “basado el la dignidad de la persona humana”. Solshenitzyn nos ha contado cómo son esas bases en los gulags, los historiadores de Cuba nos hablan de las maravillas del asunto en las cárceles del régimen y el General Mendieta y Clara Rojas nos aportarán detalles de cómo es el sistema de seguridad en los paraísos campamentarios de estos malditos. Que dicho sea de paso hablan del tratamiento digno a la mujer como condición de la paz. Esto es enorme. Basta recordar a las niñas reclutadas para que nos enamoremos de la promesa de extender esa técnica a todas las del país.

Las garantías para la democracia, con las armas que dejarán sin entregar los nuevos héroes de la democracia colombiana, no cubrirán solamente los procesos electorales. Para la dictadura del proletariado ese sistema de votaciones y escrutinios no convence. Eso no pegó por allá. Lo sustancial viene en los capítulos apasionantes dedicados a la protesta, la movilización y las actividades de las organizaciones y los movimientos sociales, que formarán una democracia nueva y distinta. En Rusia se llamaron los “soviets” y Mussolini los llamó “fascios”. ¡Cómo son cercanos los unos de los otros! En todo caso, se trata de dispositivos celulares, perfectamente democráticos, claro está, donde todo queda bajo control, todo visible, todo manejable por el Gran Hermano, que Orwell no se soñó. Se limitó a escribirlo.

En ese camino, los De la Calle y compañeros candorosos no hicieron la cuenta de los “consejos”, las “veedurías”, “tribunales” y “misiones” que están creando. Los viejos partidos, mueren. Los gremios, no existen. Los sindicatos, no tienen lugar. ¿Para qué? Bienvenidos, hermanos, al mundo fascinante que Juanpa les ofrece. Para huir de uno parecido, los cubanos se tiran al mar y los de Europa se hacían matar en la frontera de una Berlín y de la otra.

 

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