Gloria Álvarez recorre el continente combatiendo los mitos que llevaron al poder al socialismo del siglo XXI

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‘El populismo ama tanto a los pobres que los multiplica’

Gloria Álvarez, una joven guatemalteca, es abanderada del antipopulismo en América Latina.

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Gloria Álvarez fue para mí una revelación. Me hallaba hace un mes en Porto Alegre (Brasil), invitado a un importante foro sobre los problemas que enfrenta la libertad en América Latina, cuando ella apareció en la escena. Rubia, atractiva, con una fina y menuda silueta, más se parecía a una escandinava que a una joven líder guatemalteca.
Mi sorpresa fue aún mayor cuando Gloria, micrófono en mano y hablando con una rápida y fulminante elocuencia, suscitaba ensordecedoras ovaciones en los tres mil jóvenes que colmaban el inmenso auditorio.

Solo más tarde supe que se había hecho famosa en las redes sociales de España y América Latina. El punto de partida de tal popularidad había sido una intervención suya en el Primer Parlamento Iberoamericano de Jóvenes que tuvo lugar el año pasado en Zaragoza. A partir de ese momento, y luego de ser visto su discurso más de seis millones de veces en las redes sociales, ha sido invitada a foros y encuentros en Centroamérica, en Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela y ahora en Colombia.

Defensora del pensamiento liberal, que se aparta tanto de la izquierda como de la derecha tradicionales, despierta en las nuevas generaciones el fervor que en otras épocas suscitaba la utopía socialista. Nunca una joven figura política había tenido tal alcance en el continente.

Gloría Álvarez tiene los más variados ancestros, todo ellos, por cierto, huidos del comunismo. Por el lado de su padre, su familia es cubana. Por el de su madre, proviene de Hungría. Todos, por alguna extraña travesura del destino, terminaron en Guatemala.

Desde niña, además de una sorprendente pasión por los libros, buscó darse siempre una educación excepcional. Primero en la famosa universidad Francisco Marroquín en Guatemala; luego en el Instituto Cato de Washington; más tarde en la Universidad de Lovaina en Bélgica y, finalmente, en Italia.

¿Qué interés la movía para buscar tantas y tan variadas universidades?

En esta feria de universidades, buscaba ante todo una respuesta a los problemas que yo veía en mí país. No todas tienen el mismo perfil ideológico. La universidad Francisco Marroquín es un referente a nivel mundial del pensamiento liberal; también lo es Cato; en cambio, la Universidad de Lovaina de Bélgica es la piedra angular del izquierdismo; allí nació la teología de la liberación y allí se graduó Rafael Correa. En Italia obtuve una beca para trabajar con inmigrantes del Senegal. Me di cuenta entonces de que el desarrollo se logra a través de la educación y de la generación de empleo, más que con el asistencialismo populista.

¿Qué piensa del socialismo del siglo XXI?

Esta nueva utopía surge cuando el sueño ideológico de la izquierda latinoamericana, de los partidos comunistas, de asociaciones estudiantiles y de las propias guerrillas se ven afectados por el derrumbe de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Además, se quedan sin recursos económicos para continuar con su proyecto de llegar al poder por la vía violenta.

Es entonces cuando nace el Foro de São Paulo, cuyo papel fundamental es el de idear, crear y poner en marcha un tipo de socialismo dispuesto a jugar el juego de la democracia, prescindiendo de la revolución armada para acceder al poder. Se apoya más bien en un populismo capaz de ganar, con toda clase de ofertas, los votos de una población que en su mayoría está descontenta.

¿Cuál es para usted el problema más grave del populismo?

Nos está dejando una generación que se siente incapaz de salir adelante por sí misma. Una generación presa de sus propios miedos ante realidades como la violencia intrafamiliar, el machismo, la misoginia, la desnutrición crónica, la criminalidad, el narcotráfico, etcétera. Todo eso lleva al ciudadano a pensar que solo un caudillo, un mesías, lo puede sacar de esta pobre situación, sin tener en cuenta las desastrosas consecuencias que trae el populismo en la economía, la política, la cultura, así como el odio de clases y la fractura de la sociedad con prebendas a los marginales, confirmando lo que alguna vez en los años 70 dijera el filósofo argentino Mariano Grondona: “El populismo ama tanto a los pobres que los multiplica”.

Yo creo que en el siglo XXI un izquierdista intelectualmente honesto tiene que reconocer que la única forma de crear riqueza es enseñándole a la gente a pescar y no dándole el pescado. Creo que hoy hablar de derecha o de izquierda choca. Porque tanto el discurso moralista de unos como el discurso estatista de los otros no son suficientes para resolver los problemas que tenemos en la región.

Dice usted que solo una ciudadanía activa y empoderada puede rescatar la república como modelo perfecto de gobierno. ¿Cómo hacerlo?

Lo único que convierte a un ciudadano en eterno vigilante es la educación y, en estos momentos, vemos cómo los gobiernos populistas la deforman. Es ahí cuando yo le apuesto a la tecnología. Hoy por hoy, la tecnología te permite aprender lo que tú quieras, independientemente de lo que tu gobierno no quiera enseñarte. Lo que necesitamos realmente es una juventud educada que tenga plena conciencia del proyecto político que defiende.

Usted acaba de visitar varios países del continente. ¿Qué panorama encontró en cada uno de ellos?

Los primeros países que visité fueron El Salvador, Argentina y Uruguay el año pasado. En esa oportunidad logré derribar ciertos mitos. Por ejemplo, advertí que el bipartidismo salvadoreño está altamente resquebrajado. Y aunque nuevos liderazgos buscan espacios de renovación, tal empeño ha resultado muy difícil con partidos como Arena y el FMNL.

En Uruguay, pude desmitificar el socialismo light de Mujica. Detrás de su fachada de bonachón, Mujica hizo cosas propias del socialismo del siglo XXI como la ley de medios que era un copy & paste de la del Ecuador. La famosa legalización de la marihuana es más bien una estatización de este producto, pues el Gobierno tiene el monopolio del mismo.

¿Cómo vio a Argentina?

En los dos viajes que he hecho a este país, advertí el culto a la personalidad que Cristina Kirchner ha mantenido copiando la imagen de Eva Perón. Por otra parte, la nacionalización del fútbol, los casos de lavado de dinero a través de los hoteles que ella tiene en La Patagonia y otros escándalos de corrupción, sumados al desgaste económico, a la recesión y a la pésima infraestructura de las telecomunicaciones en mano del Estado, uno descubre a una población profundamente afectada en su calidad de vida.

¿Cómo vio a Brasil y Chile?

En Brasil es obvio también el descontento que hay con Dilma Rousseff, la corrupción del Partido de los Trabajadores y los juicios que se le quieren hacer a Lula da Silva. Contra todo esto hay tumultuosas marchas y protestas en las principales ciudades.

En Chile, quien lo creyera, se descubren escándalos similares. Justo cuando llegué allí acababa de destaparse el caso de corrupción del hijo de Bachelet, pero también fui testigo de la reacción que esto produjo en los medios de comunicación y la oportuna intervención del poder judicial.

Luego subí al Ecuador donde percibí una bonanza económica que no me esperaba. Claro, es producto de la dolarización que, quiérase o no, blinda la economía ecuatoriana de caer en inflaciones como las que se ven en Argentina o Venezuela. Lo que allí es preocupante es la represión a los medios de comunicación. Rafael Correa interviene diariamente en cadenas televisivas y tiene el control absoluto de los medios, hasta el punto de que cualquier cosa que se diga acerca de él no más de media hora después tiene su réplica.

¿Qué tal fue su experiencia en Bolivia?

También allí hay una bonanza económica producto de la alianza del narcotráfico con el empresariado. Con su discurso indigenista, Evo Morales trata de convencer a todo el mundo, pero según me decían algunos, es simplemente una marioneta. Quienes realmente detentan el poder son sectores económicos muchas veces ilegítimos. No obstante, el consuelo que tienen tanto bolivianos como ecuatorianos es el mismo cuando dicen: “Aquí Correa y Evo ya vieron los errores garrafales de Chávez y Maduro. Eso no va a pasar aquí”.

Antes de llegar a Colombia, usted logró entrar a Venezuela. ¿Cuál fue su impresión?

La que produce una ilusión convertida en desastre. “Hace 15 años –me decían los venezolanos con quienes hablé– nosotros decíamos no, hombre, no vamos a ser Cuba, no somos una isla, somos continentales, tenemos a Colombia y a Brasil de vecinos. Eso no va a pasar aquí, creíamos, y fíjate lo que pasó”.

Pude comprobar la terrible escasez que reina allí. Entré a un supermercado y logré de manera oculta grabar un video que luego compartí en las redes sociales, mostrando estantes vacíos y gente que llegaba allí tras hacer largas colas. Definitivamente, lo están pasando muy mal.

Finalmente, Colombia…

Para mí, llegar de Caracas y aterrizar en Bogotá fue como viajar de una galaxia a otra. Uno percibe en el ambiente que el colombiano se siente completamente ajeno al discurso populista. No cree que este discurso pueda permear aquí. Sin embargo, en todo lo que se relaciona con los acuerdos de paz y ciertas reformas judiciales se puede percibir que detrás de este discurso de pueblo y antipueblo, de ellos y nosotros, muy propios del populismo, sí es posible.

Con motivo de un acuerdo de paz, ¿cuál fue la experiencia que vivió Guatemala luego de suscribirlo?

Recordemos que para el momento en que se firma el acuerdo de paz en mi país, en 1996, el conflicto había durado 36 años. Desde finales de los 60 hasta comienzos de los 80, la guerrilla estaba ganando la guerra, de modo que el país estuvo a punto de convertirse en otra Cuba. Finalmente, en el año 96, el presidente Álvaro Arzú abrió las negociaciones con los líderes guerrilleros en El Salvador.

¿Qué pasó entonces?

Pues que nuestros acuerdos de paz se firmaron amarrados a una lista de exigencias que parecían regalos de Navidad. Cada grupo, desde los líderes comunistas hasta los militares pidió lo suyo. Y esta lista de dádivas económicas, políticas y de perdones hasta el día de hoy no ha podido cumplirse porque no hay plata para hacerlo.

¿En aquel acuerdo de paz hubo sanciones penales?

No, porque la amnistía fue absoluta. Tanto militares como guerrilleros quedaron absueltos en aras de la paz. ¿Pero qué pasó después de un tiempo? La izquierda, dueña de la memoria histórica se apropió de la opinión pública. De modo que la guerrilla perdió la guerra militarmente pero acabó ganando la guerra política.

Ahora lo que está pasando es que, uno a uno, están agarrando a los militares de esa época y los están enjuiciando por genocidio. Lo que ahora tenemos es un conflicto de pandilleros. Todo lo que quedó de la guerra, dio pie a las bandas criminales que hoy conocemos como las maras.

¿Qué salida tendrían nuestros países para escapar del populismo y de la decepción que produce nuestro mundo político tradicional?

Algo parecido a lo que busca en Guatemala el Movimiento Cívico Nacional, MCN, al cual pertenezco. No es, por cierto, un partido político sino un movimiento que busca formar nuevos líderes, para lo cual se hace necesario un empoderamiento intelectual del ciudadano. Tenemos un proyecto llamado La Cantera en el que a través de filtros y toda clase de pruebas se seleccionan a los jóvenes más calificados para seguir una maestría en políticas públicas y que, dentro de partidos políticos renovados, se conviertan en figuras capaces de trabajar en pro de la República.

Una pregunta final, ¿cuáles son sus aspiraciones personales?

Por el momento quiero trabajar para organizar en América Latina un Foro de São Paulo a la inversa. Un foro que le haga contrapeso al populismo, al llamado socialismo del siglo XXI y al mundo político tradicional, diseñando una agenda que muestre los caminos hacia el desarrollo, la estabilidad institucional y las demás bases necesarias para sustentar lo que debe ser la República del siglo XXI. Para ello, a cada país donde llego busco los actores para poder articular dicho foro continental.

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO

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