EL TENIENTE CUSHING

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POR: HERMANN TERTSCH
 Hoy aún honramos algunos a los defensores de la libertad de pasadas y presentes generaciones porque vivimos el lujo de la libertad

EN los próximos días el presidente Barack Obama va a otorgar la Medalla del Honor al teniente Alonzo H. Cushing. Esta suprema distinción al heroísmo militar la han recibido a lo largo de la historia de los EE.UU. 3.490 norteamericanos. Siempre por grandes gestas en el campo de batalla. Muchos a título póstumo. También la del teniente Cushing lo es. No asistirán ni hijos ni hermanos ni padres del caído al acto. A nadie extrañe. Porque Cushing dio la vida por la patria hace nada menos que 150 años, en la Batalla de Gettysburg. Este oficial mantuvo su puesto con un cañón y resistió a la célebre carga del general George Pickett. Por orden del general Robert Lee, Pickett lanzó sus fuerzas a romper un tramo de las líneas de la Unión. Parecía lograrlo. Pero la feroz defensa de la posición de un Cushing ya herido hizo fracasar aquella carga. Que resultó a la postre decisiva para aquella decisiva batalla de la Guerra Civil. La Confederación no se recuperó ya nunca. Nadie sabe por qué no se le concedió entonces la medalla a Cushing, muerto en la batalla. Ahora se le otorga porque una anciana decidió hace 25 años que esa injusticia debía ser enmendada. Emociona este reconocimiento a la gesta de Cushing. Confirma la trascendencia de su heroísmo, de su gesta y del espíritu que lo llevó a luchar hasta la muerte. Su idea de la libertad sigue viva. Existe la continuidad de valores y emociones entre aquel héroe, la anciana Margaret Zewekh, la Casa Blanca que enmienda el olvido y el pueblo norteamericano. Porque la idea de la libertad ganó en Gettysburg y un siglo después en Normandía y tantas veces después. De ahí esta conmovedora y tan tardía reparación.
Ha sido un gran privilegio esa larga supremacía de la libertad de que ha gozado Occidente. Que ha permitido la continuidad de los valores de la libertad y la dignidad del individuo. Un privilegio nunca regalado. Y en peligro en cuanto no lo aprecian quienes lo gozan y lo han de defender. Y las amenazas crecen. La idea de la libertad esta sometida hoy de nuevo a un inmenso acoso y desprestigio. Y pocas veces se han mostrado más débiles quienes han de defenderla. Una Rusia bonapartista invade a un vecino al que ya arrebató una región. A una Ucrania que es castigada por querer ejercer su soberanía en democracia y vivir como Occidente. En Oriente Medio, cristianos y otras minorías son exterminados con salvajismo inaudito. Las armas químicas vuelven. Con impunidad. Como la voluntad genocida, cien años después del colapso de nuestra civilización que fue la Gran Guerra. En Latinoamérica, un régimen miserable de una isla diminuta prosigue con éxito propio y dinero de otros su nefasta e inaudita misión totalitaria por todo el subcontinente. China se muestra tan impermeable a los valores de piedad, libertad y trascendencia como siempre y tan soberbia y consciente de su fuerza como nunca. Frente a eso tenemos a una Europa ridículamente pequeña pero arrogante, dividida y cada vez más insignificante, y unos EE.UU. que abandonan espacios de poder que ocupan enemigos de nuestros valores. Hoy aún honramos algunos a los defensores de la libertad de pasadas y presentes generaciones porque vivimos el lujo de la libertad. Pero nadie puede prometer que dentro de no 150 sino 50 años puedan ser honrados los tenientes Cushing que defendieron las libertades en el siglo XX y las defienden hoy frente a la ideologías totalitarias y asesinas, sean nazismo, comunismo o islamismo. Hay batallas decisivas que han comenzado. De resultado muy incierto. Porque las libertades acabarán siendo historia si nadie queda para defenderlas.

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