MI VISITA A SANTIAGO URIBE

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    Desde el primer momento de la noticia de la detención a Santiago Uribe me sentí afectada emocionalmente. Cuando se ha tenido que vivir episodios como los que vivió mi familia, uno queda traumatizado, yo creo que de por vida. Todo revive ante momentos que le recuerden la angustia y el miedo que tuvimos que padecer siendo víctimas de la infamia y la perversidad.

    No conocía a Santiago ni a su familia, pero sufrí como si los conociera con la sola noticia, pues sabía lo que estaban sintiendo en ese momento. El sentimiento es el mismo que me envuelve hoy con la noticia de la orden de detención al general Torres Escalante y al general Mario Montoya, a cuyas familias sí conozco.

    Al leer lo que decían medios de comunicación y escuchar las declaraciones del presidente Álvaro Uribe, empecé a darme cuenta de que había demasiadas coincidencias o similitudes entre el caso de su hermano con el de mi esposo, el coronel Plazas Vega.

    Entre ellas, por ejemplo, que dictan una orden de captura desde la Fiscalía por hechos sucedidos hace más de 20 años. Esto, pese a que en ambos casos los investigados siempre estuvieron prestos a acudir a cualquier llamado de la justicia. Y el motivo para privarlos de su libertad, después de tanto tiempo, es que son “peligrosos para la sociedad”.

    En el caso del Palacio de Justicia, la periodista Olga Behar, y quien fue militante del M-19,  escribió el libro “Noches de Humo” donde da versiones casi de ciencia ficción contra el coronel. En el caso de Santiago Uribe, la misma periodista escribe el libro “Los doce apóstoles”, donde lo convierte en un asesino.

    En los dos casos ya había habido investigaciones y decisiones tomadas a favor de la persona investigada.

    Pero más que estos hechos, me causó gran sorpresa ver a los personajes que estaban involucrados en ambos procesos, pues también eran coincidentes.

    El primero era el cura Javier Giraldo, quien en el caso Plazas Vega presentó y financió al primer testigo falso que lo acusó en el año 1989, cuatro años después de ocurridos los hechos del Palacio de Justicia. El testigo después se retractó. En el caso de Santiago Uribe intervino el mismo cura y hubo retractación de testigo.

    Igualmente, el abogado de las víctimas en el caso de Santiago Uribe es el hoy día “jurista”, y en el pasado guerrillero del M-19, Daniel Prado Albarracín, el mismo que representó a las víctimas del Palacio de Justicia en el proceso Plazas Vega.

    Y aún más: en ambos casos, presumiblemente orquestando, siempre ha estado presente el hoy senador Iván Cepeda. ¿Cómo olvidar su imagen frente al juzgado con un grupo de “familiares de desaparecidos” festejando la condena en primera instancia de Plazas Vega?

    Otra similitud: en ambos casos, hubo cambios de operadores judiciales a última hora cuando se iban a decidir temas importantes. En el caso Plazas Vega, el cambio del juez de garantías un día antes de la audiencia. A Santiago Uribe le cambiaron el fiscal que lo investigaba.

    En el proceso de Plazas Vega, la fiscal comete fraude fabricando pruebas falsas inventando un testigo que no existió. En caso de Santiago Uribe, el testigo padece una enfermedad mental.

    En el caso Plazas Vega, uno de los testigos, Tirso Sáenz, reconoce en el juicio que le ofrecieron prebendas de rebaja de penas y traslado de lugar de reclusión, por acusar a Plazas Vega. En el caso Santiago Uribe, le ofrecieron dinero a un oficial de la reserva, protegido por el régimen venezolano, para “enlodar” a los hermanos Uribe. En ninguno de los dos casos las denuncias presentadas a la Fiscalía por todas esas aberraciones judiciales han prosperado.

    Todas estas similitudes me llevaron a sacar la conclusión de que este caso era otro de esos “complots” que se arman en Colombia para acabar con la vida de las personas que piensan diferente, o en los que se utiliza la “justicia” como instrumento de venganza. El caso Plazas Vega se inició hace 9 años y en esa época la gente todavía creía en la justicia, pero en el transcurso de estos años es cada día más evidente que nuestra supuesta justicia está politizada y que hay una terrible corrupción en un alto número de sus integrantes.

    En Colombia se paga a los operadores judiciales por el sentido de fallos y sentencias. Cuando un juez se demora ocho años y medio para dar un fallo absolutorio, reconociendo que alguien es inocente, se está aceptando que los jueces que le precedieron cometieron una terrible INJUSTICIA, que debe ser sancionada.

    Por esos motivos, y teniendo la oportunidad de hacerlo, decidí ir a conocer a Santiago y a su familia, pues los tenía atravesados en el alma. Sé lo que se siente cuando se es víctima de la injuria, la calumnia, la mentira, la maldad. Y lo que se siente cuando se ha obrado bien en la vida, se ha sido correcto, honesto, trabajador, se ha sido buen hijo, buen padre, buen ciudadano, abuelo y se ha dado ejemplo de valores a hijos y familia, respetando principios y convicciones. Y de la noche a la mañana se convierte a esa persona a través de un complot judicial, en un genocida y asesino.  Por eso quería conocerlos y expresarles mi consideración y darles fuerza emocional y espiritual, que es lo que se necesita para soportar la infamia.

    Al llegar al lugar de reclusión, en una unidad militar, en horas de la tarde del sábado santo entré a la edificación. Sentí el silencio que me hacía recordar el que tantas veces había vivido los fines de semana, cuando visitaba a mi marido.  Es un silencio que produce nostalgia de libertad y que duele.

    ¡De pronto, apareció Santiago! Lo reconocí por las pocas imágenes que había visto en televisión. Su caminar era rápido y lleno de energía. Me saludó desde la distancia diciéndome: Bienvenida, querida senadora. Quiero aclarar que no fui allá como senadora, quise ir como ser humano, como esposa, como madre, como abuela, como una colombiana más que entiende el dolor de esa familia, porque lo he sentido en carne propia.

    Estuve una hora larga conversando con él, con su adorable esposa María Isabel y su bella hija Isabel, quien había escrito días antes una conmovedora carta cuando a su padre lo capturaron, expresando su dolor. Es un dolor profundo, que se nota en su rostro, enmarcado por unos ojos bellos que con frecuencia se ven llorosos. Estaban también sus dos pequeños nietos visitándolo, me anima saber que los tiene cerca y que podrá verlos con alguna frecuencia, pues sé que le darán fuerza para esta lucha contra un enemigo despiadado.

    Vi en la mirada de Santiago, que es frentero, su decencia, su fortaleza, su dignidad. Vi un hombre de carácter fuerte, algo que algunos en este país ven como defecto, sé que además desarrollará toda la fortaleza que se necesita para resistir estos embates infames, y sé que así será porque lo vi en la mirada de quién es inocente de todo lo que se le acusa, y esa tranquilidad interior es la que lo hará resistir.

    Vi un hombre íntegro, estricto, disciplinado, pero, sobre todo, vi un buen ser humano, preocupado además de su caso individual por su país, porque es el país en que viven sus nietos y le preocupa el futuro de ellos, que es lo que nos pasa a todos los abuelos que ya tuvimos que vivir nuestra vida, como nos tocó, pero que queremos que nuestros nietos no tengan que padecer lo que nosotros sufrimos.

    Me tranquiliza saber que además tendrá a su lado a esas dos mujeres maravillosas, que vencerán los miedos como lo hice yo, para defenderlo y para acompañarlo en esta dura etapa de su vida.  Y sé que ellas están sufriendo inclusive por cosas que él no sufre, como las incomodidades que se tienen por no estar en su hogar, como la alimentación y otros detalles de su nuevo hábitat, porque esa es la naturaleza de las mujeres: amorosas y protectoras. Y tendrá también a su hijo Jacobo, a quien no conocí, pero debe tener la misma fuerza de su estirpe.

    Sé que el camino que comienzan no es fácil y que están sufriendo mucho, pero como en mi caso, desde acá les digo no hay que perder la fe ni la esperanza en que los colombianos saldremos de esta terrible crisis que vivimos. Porque en Colombia, hoy todo es al revés y es entre todos los colombianos de bien, que somos la gran mayoría, que tenemos que luchar cada uno desde nuestras posibilidades para que esta noche oscura acabe para todos, no permitiendo más mentiras, ni engaños, ni injusticias.

    ¡Cada día somos más las víctimas y si no reaccionamos a tiempo, un día las víctimas seremos todos!

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