Las Farc insisten en ser un partido armado – Por Eduardo Mackenzie

0
714

Periodismo sin Fronteras, Bogota

24 de marzo de 2016

No hubo firma “de la paz” el 23 de marzo. Ese día hubo, en cambio, hecho rarísimo, una pacífica manifestación de jóvenes intrépidos frente a la embajada de Estados Unidos en Bogotá, con pancartas en inglés y español. Protestaron por la línea de concesiones extremas a las Farc que el secretario de Estado John Kerry respalda y por la reciente reunión de éste, a puerta cerrada, en La Habana, con los jefes narco terroristas.

Sus pancartas decían: “¿Si las Farc hicieran terrorismo en USA, Kerry se reuniría con ellos?”;  “Kerry, ¿por qué no hablas con ISIS?”; “Ni Santos, ni Farc, ni su falsa paz”; “Nosotros no negociamos con terroristas”; “Las Farc son terroristas”; “No negociamos con narcotraficantes”. En inglés: “If Farc’s terror would have been in the USA would Kerry talk to them”; “Kerry chats with the Farc, next ISIS?”.

(Vea las fotografías y el video del mitin:

http://www.periodismosinfronteras.org/protesta-frente-a-embajada-americana-por-encuentro-kerry-farc.html

Aunque la prensa decidió ocultar todo al respecto, esos jóvenes personificaron con ese acto simbólico el honor y el buen sentido de un país libre que repudia el falso “proceso de paz” con las Farc y la torpe acción de la diplomacia americana de darle un barniz de legitimidad a una organización criminal.  Esos jóvenes recusaron el doble discurso de la administración Obama sobre el terrorismo: el que tiene ante los europeos, por lo que ocurre en Francia y Bélgica, y otro el que tiene ente el terrorismo en Colombia.

El presidente Santos y el jefe guerrillero Rodrigo Londoño, alias Timochenko, habían anunciado,  hace seis meses, que habían llegado a un acuerdo y que el 23 de marzo firmarían el compromiso para ponerle fin al “conflicto”. Pese a los gravísimos pactos en Cuba que apuntan al desmantelamiento del orden democrático, esos actores no pudieron firmar nada y de nada sirvió  la mediación personal del presidente Barack Obama, ni la abyecta reunión separada de Kerry en Cuba con los peores verdugos del pueblo colombiano.

Eso confirma, una vez más, que la paz con las Farc no está a la vuelta de la esquina. Empero, Santos no se cansa de repetir lo contrario. Hoy el telón ha caído. El sartal de concesiones a las Farc no ha sido completado y éstas quieren más. El encargado de disimular la crisis del “proceso de paz” es Humberto de la Calle, jefe de los negociadores de Santos, quien explica el fracaso del 23 de marzo con una frase: todo se debe a los “desacuerdos de fondo” que aún subsisten entre las partes.

La víspera, en La Habana, Kerry había salido del encuentro con los terroristas entre pesimista y anhelante. No se sabe qué le dijeron esos individuos, lo cierto es que Kerry admitió que las Farc y el gobierno de Santos “no están listos todavía” para llegar a un acuerdo y que “hay que negociar algunos asuntos difíciles”. Para no cerrar la puerta, puso la zanahoria de un eventual retiro de las Farc de la lista americana de organizaciones terroristas, en la que esa banda ha estado desde 1997 (está en la de la UE desde la masacre de Bojayá, en junio de 2002), “si hay un acuerdo de paz y si las Farc ya no están vinculadas a actividades terroristas”.

El 2 de febrero pasado, Bernard Aronson, enviado especial de Obama al proceso de paz, había recitado esa línea pero de mejor manera: “Si las FARC se desarman por completo, se separan de toda actividad ilegal o criminal, entonces se permitiría la puesta en marcha de ese proceso”.

¿La no aparición del punto del “desarme completo” de las Farc en la declaración de Kerry quiere decir que éste retiró esa exigencia? ¿Hubo un pacto secreto sobre eso entre las Farc y Kerry?

Como sea, el punto clave de este affaire es, precisamente, el de la entrega de las armas y el desarme efectivo de las Farc. Es lo mínimo que Colombia exige, entre otras cosas, a esa organización: que no quede en condición de seguir sembrando la muerte y la destrucción en todas partes.

Las Farc no ven las cosas así. No hay nada peor para ellas que perder sus medios de intimidación sobre un país. No quieren desarmarse, ni pagar por sus crímenes, ni asumir una vida normal. Ellos aspiran, por el contrario, a seguir en la actividad subversiva, exigen que el Ejército colombiano se desarme (es lo que llaman cese bilateral) y que a ellos, a los bandidos, los cubran de dólares durante años por haber aceptado firmar un papel. Exigen que les otorguen todo lo que quieren y que, en últimas, les permitan ser un partido armado y con poder político-mediático para poder seguir su trabajo de demolición de la frágil democracia colombiana.

Para los jefes farianos, la “dejación” de las armas debe ser “gradual” y a condición de que el gobierno les conceda a ellos los derechos políticos exigidos “tan pronto se firme el acuerdo”. El astuto enfoque no convence a nadie pues abriría un modelo de convivencia en el que habrá un partido armado y con plenos derechos, como si eso fuera lo más natural.

¿Santos tratará de seguir en las conversaciones en Cuba y de ambientar una nueva tanda de venias a las Farc, como eso de que puedan esconder sus armas en alguna parte sin testigos de ninguna clase y otras bellezas? Las Farc abortarán a última hora la firma de lo que sea como lo hicieron en otras ocasiones pues su objetivo es alcanzar la hegemonía, no un statu quo, ni una cohabitación, con el “Estado burgués”. El acuerdo de los Pozos, que había sido firmado tras duras gestiones dirigidas por Tirofijo, el presidente Andrés Pastrana y un enviado de la ONU, y que aparecía como un avance “histórico”, fue desconocido de un plumazo, tres días después, por alias Raúl Reyes, el 22 de enero de 2002. El número dos de las Farc en ese momento, declaró “caduco” ese texto pues “la firma de la paz con justicia social” no podía, según él,  ser “sometida  a una fecha por razones electorales”. Y enseguida, para romper los contactos, ordenó cometer nuevas barbaridades: una ola de atentados que mató a 22 personas en el país y dinamitar la represa de Golillas para inundar a Bogotá y Villavicencio. No logró esto último pero ese “proceso de paz” quedó clausurado por decisión de las Farc. El 20 de febrero, Pastrana decretó la retoma del control de la zona desmilitarizada del Caguán, tan grande como Suiza.

¿Qué seguirá ahora tras la no firma de la paz del 23 de marzo? ¿Cuántas vidas costará esa nueva fase de la “negociación de la paz”? El mundo observa a Colombia. ¿Colombia observará al mundo?

Dejar respuesta