La Constitución inaudita – Por Eduardo Mackenzie

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Esta será quizás una de las votaciones más tramposas de la historia de Colombia.  El Presidente Santos quiere que los colombianos voten “sí” en el plebiscito, un sí que querrá decir, según él, “sí a la paz”. En realidad, los que voten sí, o los que se abstengan de contradecir a Santos,  estarán ayudando a los que tomarán ese sí como un sí a otra cosa: no a la paz verdadera sino a una nueva Constitución, a una constitución monstruosa, espuria, no democrática, defensora de la impunidad y de la injusticia, redactada a escondidas, que prolongará la guerra y nos hundirá en la miseria más tenaz.

El reciente comunicado de prensa (pues nadie ha visto que haya una sentencia propiamente dicha) de la Corte Constitucional no despejó las dudas del país sobre los alcances jurídicos del plebiscito. Por eso lo de La Habana sigue siendo, en mi opinión, no un pacto de paz sino una construcción institucional tangible, anómala y opuesta al sistema inscrito en la Constitución vigente.

Las luces dadas por la Corte Constitucional no van lejos pues el estrafalario “acto legislativo para la paz”, aprobado por el Congreso por orden de Santos, está vigente. Según ese documento, lo que sea pactado con las Farc entrará a ser parte del bloque de constitucionalidad y no podrá ser reformado en el futuro por un gobierno ni por el constituyente primario. El mundo no había visto algo parecido. Empero, la fiebre de los abogados que tratan de montar a las Farc sobre los colombianos al precio que sea, será vista dentro de poco en las cortes internacionales como un logro ilusorio y ridículo.

En esas condiciones, aún antes de que el gobierno formule la o las preguntas, la opción más aconsejable para salvar a Colombia es votar NO en el plebiscito, repudiando el sí y todo repliegue cobarde abstencionista. Sólo el NO a los pactos secretos entre las Farc y Santos será un sí a la paz. Y un sí a las concesiones de Santos será un no a la paz genuina.

En esos abismos de mentira y de perversión del lenguaje ha caído Santos. Por eso no podemos confiar en las opciones que él presenta.

Hay que votar NO, aunque el plebiscito sea una fullería y esté mal enfocado –sobre todo por lo del umbral de aprobación–, y aunque no haya garantías para hacer campaña por el NO, ni garantías de pureza en el conteo de los resultados. Colombia vive una guerra política. No se puede esperar que el enemigo dé garantías a sus adversarios.

Santos y las Farc están tejiendo en Cuba esa Constitución desde hace cuatro años. La presentan bajo la envoltura más ventajosa. La “paz” es una palabra que siempre tuvo una fuerza arrolladora. Las peores guerras se hicieron en nombre de la paz. La “paz” de Santos se inscribe en esa vieja línea de traiciones y confusiones.

La “paz” de ellos es un engendro perverso urdido de manera solapada. Quieren que Colombia “refrende”, es decir acate y respete, el famoso plan “de paz” con las Farc, plan que ningún colombiano conoce, pues el texto completo y definitivo no ha sido dado a conocer, y no lo será. Nada ahuyentará más a los electores que conocer los detalles de esa constitución inaudita.

Los venezolanos saben mejor que nosotros en qué consiste el juego de Santos en el plebiscito que viene. Pues ellos vivieron un proceso idéntico. Los venezolanos nos están advirtiendo, nos están explicando cosas importantes. Nos dicen: nosotros votamos sí a la Constitución que Hugo Chávez había redactado. Él nos había convencido de que esa nueva carta aportaría a Venezuela algo grandioso: la paz y la “democracia social y participativa”, y que gracias a ello el pueblo sería el “actor central” de su destino. Hoy sabemos que el pueblo fue  aplastado y que la constituyente que redactó ese texto era la negación de la democracia y de la prosperidad: se acaparó rápidamente los poderes, se arrogó funciones legislativas y judiciales y terminó siendo, en sí, un golpe de Estado. Integrada en su gran mayoría por chavistas (123 de los 131 escaños) y dominada personalmente por Chávez, aún antes de que existiera la nueva Constitución, esa constituyente era ya el nuevo poder.  El poder protagónico lo tuvo desde ese instante el poder constituyente (Chávez) y no el poder constituido (los partidos, las estructuras representativas). La democracia desapareció en Venezuela desde entonces.  Sin oír lo que decían los mejores juristas, los venezolanos aprobaron la Constitución llamada “bolivariana”, en el referendo del 15 de diciembre de 1999. Y sellaron así la triste suerte que corren desde entonces. ¿Seremos capaces los colombianos de entender ese mensaje?

Las circunstancias del plebiscito de Santos serán peores que las que encararon los venezolanos: se hará antes del desarme de las Farc, con huestes violentas de esa banda haciéndole propaganda al sí y hasta protegidas por la fuerza pública. El sí será presentado como un “sí a la vida” –idea dada a Santos por Antanas Mockus–. Este astuto enfoque busca esto: que no haya opción, que ante el elector no aparezcan dos posibilidades de voto, igualmente legítimas (lo que es la esencia de todo plebiscito). Quieren que, por un efecto subliminal,  el votante tenga sólo una posibilidad: el sí.  En ese contexto psicológico, el NO será un “no a la vida”, un “no a la paz”, un “no a la ‘luz radiante’” (nueva frase de Santos).

La Colombia de julio de 2016 es como la Venezuela de diciembre de 1999: el abismo está ante nuestros pies. El “sí” nos lanzará al vacío. El “No” nos permitirá  guardar los pies en tierra firme.

En enero de 2007, Chávez decidió que había que “superar” el “Estado burgués” mediante la construcción del “Estado comunal”. La esencia de eso era formar y generalizar la creación de consejos tipo soviets en todos los sectores, sobre todo en la producción, la agricultura y el comercio, para descolocar a los propietarios, a los trabajadores y hasta a los sindicatos establecidos, y substituir rápida o gradualmente, según la coyuntura internacional, el “Estado burgués”.  Sabemos en qué terminó ese terrible experimento. Lo que no hemos visto es que ese mismo esquema, con otras palabras y en filigrana, es ya el hilo conductor de los llamados “acuerdos” de La Habana. Lo que le tomó ocho años a Chávez,  las Farc y Santos lo están haciendo en sólo cuatro años. Es el supremo acto subversivo. ¿Sabremos leer esos “acuerdos de paz” sin engañarnos?  ¿Sabremos  movilizarnos para frenar esa maquinaria destructiva?

Por eso, reitero, yo votaré NO en el plebiscito, como lo harán las mayorías colombianas.

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