“¿Admitirá Colombia que le perviertan su memoria histórica?” por Eduardo Mackenzie

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Colombia es el único país del mundo que avanza ciegamente hacia una especie de colonización ideológica marxista-comunista sin que el jefe de Estado, salido sin embargo de las filas del liberalismo,  trate de impedir semejante crimen, semejante involución.

Mientras  los países europeos del ex bloque del Este reconstruyen su memoria histórica y rompen con los mitos que la URSS les impuso a la fuerza durante más de 40 años, como el de la “patria socialista” y el papel “liberador” de los soviéticos, en Colombia ocurre exactamente lo contrario: las Farc, vieja creación terrorista de la URSS, pretende, con ayuda del gobierno central colombiano, asignarle a las mayorías una memoria histórica falsa que glorifica la dictadura soviética y sus tristes epifenómenos de la Guerra Fría en Colombia y en el resto del mundo.

Si bien los Estados post comunistas del Viejo Continente recuperaron, a comienzos de los años 1990, tras el hundimiento de la URSS, su independencia no sólo política y económica sino intelectual y espiritual, al rechazar las patrañas stalinistas, como el pretendido “socialismo democrático”, la “gran guerra patriótica” y la “lucha internacional contra el fascismo”, en Colombia algunos quieren reintroducir esa misma basura y convertirla en ideología y pensamiento único.

Es lo que está detrás del afán de erigir una “comisión de la verdad”. El objetivo de ese curioso engendro será el de  imponer una “verdad” histórica que no podrá ser discutida. Aunque no se llamaban así en esa época, las Farc le impusieron a Colombia, desde 1948, una guerra de depredación y caos.  Como ellas nunca ganaron esa guerra, pues la democracia se defendió como pudo durante décadas, gracias a un reflejo patriótico que ahora parece declinar con Santos,  los vencidos tratan de ganar esa guerra metiéndose por la ventana. 

La peripecia de la “negociación de la paz” en La Habana, y la convocatoria de una asamblea constituyente con presencia  abrumadora de las Farc y de sus aparatos políticos, se propone lograr eso: el abandono voluntario del orden liberal basado en el derecho y la adopción asombrosa de un sistema policiaco y de miseria compartida, el mismo que ha sido derrotado en el mundo entero pero que aún sigue esclavizando a los pueblos de Cuba y Venezuela. Ese sistema colectivista será, según esos obscuros planes, regentado exclusivamente por los jefes de las Farc.

Para alcanzar esa meta, la más vil, retrógrada y reaccionaria que existe en el continente,  y que ningún gobierno democrático del mundo podría aceptar, hay que apuntalar un dogma absurdo, una “verdad” pervertida: que las Farc son las víctimas del Estado “fascista” colombiano pues éste fue, y no el comunismo armado “liberador”, el que desató la pavorosa ofensiva de largo aliento.  Con esa jerarquización invertida de la memoria comienza todo. Sobre todo la justificación de la amnistía a todas las atrocidades. Tal es el centro conceptual de la “comisión de la verdad” que exigen Timochenko y sus auxiliares.

Estos piden, por eso, que el gobierno prohíba desde ya toda expresión de “anticomunismo” en Colombia. ¿Cómo?  Mediante una ley que castigue con multas y cárcel a quien  denuncie los crímenes del comunismo, en Colombia y en el mundo, y a quien critique a los agentes locales de esa ideología totalitaria. Esa es la perspectiva.

Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko, ya comenzó a aplicar esa orden. Hace pocos días, y en medio de la indiferencia del Gobierno, el jefe de las Farc acusó a la periodista Diana Calderón, directora del servicio informativo de Caracol Radio, de tener, junto con esa radio, “responsabilidades directas en la guerra, y graves” (sic).  ¿Por qué? Por haber escrito un artículo sobre la “comisión de la verdad” que no le gustó a ese delincuente. Timochenko le dio a esa periodista y a ese medio el carácter de enemigos.  Muy peligroso. Asombra e indigna la pasividad de Santos frente a la nueva agresión contra la prensa.

Si las Farc logran sofocar la libertad de pensar,  la libertad de hablar del comunismo y de su barbarie, habrán ganado la mitad de la batalla contra el país. Sin libertad de conocimiento, de expresión y de prensa, las otras libertades quedarán heridas de muerte.

En lugar de dejarse amenazar de esa manera y de permitir que le impongan una memoria inventada en los laboratorios ideológicos de La Habana, Colombia debería iniciar lo antes posible un proceso diferente, contrario a todo eso, siguiendo el ejemplo de los países de Europa del Este que se liberaron de yugo soviético: la lustración.

Tras la caída de esos regímenes, las sociedades respectivas decidieron regular el acceso a funciones públicas de quienes estuvieron vinculados a los aparatos represivos, como los agentes y jefes de la policía secreta y los mandos de los partidos comunistas. Un proceso análogo, que se llamó de desnazificación, ocurrió en la postguerra tras la caída de la Alemania Nazi. Fuera, claro está, de los procesos de Nuremberg (1945), de Cracovia (1947), de Francfort  (el segundo proceso de Auschwitz, de 1963-1965) y otros que juzgaron los crímenes del nazismo.

Las lustraciones más exitosas ocurrieron en países donde hubo mayor resistencia popular contra el comunismo: Polonia y la República Checa. También hubo lustración, a un ritmo lento, en los países bálticos y en Hungría, Alemania, Ucrania, Georgia y Albania. En  Rusia y Bielorrusia, donde no hubo lustración, los efectos están a la vista.

En Ucrania, el parlamento  aprobó en septiembre de 2014 la ley “sobre la depuración del poder”, destinado a retirar del aparato estatal, durante cinco o 10 años, los agentes del KGB o FSB y los ex miembros del régimen pro ruso de Yanukóvich.   

En la República Checa, la lustración fue una de las primeras normas aprobadas por el Parlamento democrático, en 1989. Algunos quieren abolir esa directriz. Aseguran que se trata de “algo ya superado por el tiempo”. Pero los sectores mayoritarios, como los demócratas cristianos, se oponen. Insisten en que  todo ministro y alto funcionario “debe probar que dispone de antecedentes limpios respecto a la ley de lustración”.

Los grupos de izquierda quieren terminar la lustración en Europa Oriental para dar cuotas de poder en cargos públicos claves a ex verdugos de los regímenes comunistas. Entre los aspirantes hay ex jefes policías y miembros de las tenebrosas “milicias populares”. Para los demócratas,  la “ley de lustración” es intocable, pues sirve para proteger el retorno de esos países a la civilización europea.

En la RDA, la Stasi tenía 91.000 policías y cerca de 300 mil informantes, que espiaban a todo el mundo. Cuando Alemania fue reunificada, la “ley de depuración” ordenó que los agentes de la Stasi fueran relegados a tareas secundarias o excluidos de sus trabajos, según la gravedad de sus delitos. Los resultados fueron desiguales pues los comunistas se reorganizaron rápidamente. Algunos espías, soplones y delatores perdieron sus puestos pero muchos lograron reciclarse. En algunas ciudades y regiones obtuvieron  puestos en la nueva policía. En 2006, la ley fue modificada y declaró “prescrita” toda investigación contra los casos menores. En Brandeburgo, una docena de jefes de la Stasi “ocupan cargos de alta responsabilidad”, escribió un diario en 2009.

Las víctimas de la Stasi denuncian esa situación pues desde 2012 tampoco los altos cargos son investigados. Die Linke, partido de extrema izquierda salido de la fusión, en 2007, del ex partido comunista de la RDA y de grupos radicales y altermundialistas de Alemania Occidental, es actor de ese retroceso.  Antiliberal, antiEuropa, incondicional Chávez y de la dictadura castrista, die Linke no tomó distancia con los crímenes de la RDA. El poeta y compositor Wolf Biermann, expulsado de la RDA en 1976, califica a die Linke de “residuo miserable de la camada del dragón” y acusa a sus miembros de ser los herederos de la dictadura comunista. Die Linke es muy activo en América latina. Uno de sus jefes, Heinz Bierbaum, se reunió en Bruselas, el 7 de mayo pasado, con agentes del Foro de Sao Paulo, donde las Farc y el Eln tienen puestos. Obviamente die Linke apoya el “proceso de paz” en Colombia pues ve eso como la posibilidad de “construir una nueva sociedad”, léase anti capitalista y colectivista. Ello demuestra que en el “proceso de paz” y en lo de la “comisión de la verdad” interviene mucha gente sin que Colombia lo sepa.

Por Eduardo Mackenzie

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