Absurda peregrinación

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No es una simple frase. Es un concepto. Un concepto negacionista. Un concepto resumido en tres palabras muy utilizadas en estos días por la prensa y en las llamadas “negociaciones de paz” en La Habana.

Estas palabras son: “víctimas del conflicto”. Con ayuda de este sintagma las Farc y sus aparatos ideológicos tratan de  imponernos una nueva creencia: que las víctimas de su acción criminal de 60 años en Colombia son víctimas relativas, de perfiles obscuros, es decir, no adjudicables a ellas. Nos dicen, además, que las reivindicaciones de esas víctimas son dudosas y fuera de contexto. Es decir inexistentes. Son víctimas invisibles, maleables y sin historia. Que por eso ninguna “comisión de la verdad” las ve como “víctimas de las Farc”, sino como “víctimas del conflicto”.
Tal negación de las víctimas no debería sorprendernos. Esa fue siempre la carreta bolchevique: las víctimas del comunismo no existen. Pues los crímenes del comunismo no son crímenes, son el medio más eficaz para alcanzar la sociedad perfecta y el “hombre nuevo”. Son los fascistas, dicen,  los que cometen crímenes. ¿Y quiénes son los “fascistas”? Los que los comunistas señalan como enemigos y adversarios.
En eso estamos en Colombia. Vivimos sumergidos por una ideología totalitaria que  el mundo civilizado ha derrotado, salvo aquí. Aquí seguimos creyendo esas imposturas. Tragando entero, como se dice, aunque todos seamos muy inteligentes. Ese freno al debate político le sirve enormemente a las Farc.  
Nos parece excelente, por ejemplo, ver a las Farc instigando peregrinaciones a La Habana: piden que 60 víctimas (seleccionadas previamente por  sus agentes en Bogotá), se embarquen  en un viaje para reunirse con ellas en esa ciudad. Injusto sería pensar que todo eso oculta obscuros designios. Solo mentalidades retorcidas podrían pensar que las 60 víctimas escogidas van a sufrir una decepción en la isla-prisión, que creían que allá podrían cantarle la tabla a los enemigos de la humanidad. En realidad, estos las recibirán para que ellas, las víctimas, pidan perdón a sus victimarios. ¿No fueron acaso ocho asociaciones de víctimas de las Farc insultadas como “paracos” por los agitadores pro Farc durante el “foro de víctimas” de Barranquilla?  ¿No les cortaron allí la palabra a esas víctimas cuando trataban de evocar sus sufrimientos?
Ese primer viaje de víctimas a La Habana será seguido de otros. Pues las Farc quieren repetir los experimentos que les dieron buenos resultados durante las falsas negociaciones aceptadas por el Gobierno de Andrés Pastrana. En las romerías abyectas al Caguán, para ir a abrazar a Tirofijo, desfiló mucha gente, entre ellos importantes políticos y candidatos presidenciales (salvo Álvaro Uribe), así como lagartos y aventureros de toda pelambre. Todos regresaban de allá proclamando que “ahora sí” habrá paz.
Supongo que ya están pensando en una peregrinación de parlamentarios, para que acepten discutir en La Habana los proyectos de ley que saldrán de la cabeza del ilustre Timochenko. Después, habrá una peregrinación igualmente humillante de industriales y comerciantes, para recibir la notificación de que la empresa privada será controlada por comités de base cuando llegue “la paz”. Después será el turno de los curitas, para que se enteren  que la predicación del evangelio no se podrá hacer en el territorio nacional, como ya ocurre en el Cauca y en el “territorio arhuaco”. También deben estar ideando una peregrinación de periodistas, para que le hagan loas  al documento que las Farc lanzaron el 7 de agosto de 2013 para “regular la producción de información” en Colombia. A los militares también les van a pedir que organicen una romería a La Habana para que allá entiendan, por fin, las ventajas de reducir a polvo las Fuerzas Militares y de Policía de Colombia, pues ha llegado “la paz”.
El presidente Santos cuenta con gente que se presta a ese juego. Santos no solo traicionó al país, sino que dividió la sociedad. Muchos de sus
partidarios están dispuestos a reforzar su estrategia de reacomodamiento de Colombia a los valores de las Farc. La otra mitad de la opinión pública crearíamos que el proceso de paz era lo contrario: una negociación para  hacer entrar a los exterroristas en el marco constitucional colombiano. Estábamos equivocados. El marco constitucional será cambiado para que la población acepte los valores de las Farc.
Por eso el asunto de las víctimas sufre el habitual proceso de inversión: las víctimas son transformadas en victimarios. Iván Márquez lo acaba de explicar: no hay víctimas de las Farc sino “víctimas de guerra en Colombia”. Ese será el enfoque durante el encuentro con las víctimas seleccionadas. Iván Márquez allá se definirá como “víctima” que tiene derecho a pedirle cuentas a sus victimarios. Él reiteró antier quiénes son, según él, los victimarios: “Los responsables de las víctimas de guerra en Colombia van más allá de los contendientes, y llega (sic) al Palacio Presidencial y a sectores pudientes de la sociedad”. Leamos bien: los 15 presidentes que hemos tenido en Colombia desde 1953, y la clase media y alta del país, deberán pagar por haber “victimizado” a las Farc.
Todo eso lo facilita el concepto negacionista de “víctimas del conflicto”. En esa fórmula la palabra capciosa es “conflicto”. Eminencias de la Universidad Nacional, repitiendo la leyenda fabricada por marxólogos franceses, pretenden que un día el Estado desató un “conflicto” en Colombia.  Que las simpáticas Farc –que eran pobres muchachos que laboraban la tierra en parajes aislados sin molestar a nadie– se vieron empujadas al “conflicto” pues fueron “atacadas” sin razón por el Estado fascista.  Y que las centenas de miles de muertos, heridos, mutilados y secuestrados que dejó esa “guerra” de sesenta años deben ser imputados a otros, comenzando por el Estado colombiano, la fuerza pública, los gobiernos sucesivos, los industriales, los comerciantes, la Iglesia y  la prensa.  Las bandas de extrema derecha (los llamados paramilitares) son victimarios. En cambio, las bandas armadas comunistas (las llamadas “guerrillas”) son “víctimas” pues ellas fueron “atacadas” por el Estado. Puro lavado de cerebro.
El “conflicto” no fue creado por el Estado. Colombia estaba en paz consigo misma en diciembre de 1957. Los partidos liberal y conservador y el Gobierno pactaron el fin de la guerra fratricida e instauraron un régimen bipartidista que logró el milagro: nunca más esos partidos se agredieron. Cohabitaron y consolidaron la paz entre ellos. Y eso dura hasta hoy. Quienes se inventaron una verdadera guerra de agresión contra Colombia (delito imprescriptible), con masivos apoyos militares y políticos, y explotando los residuos del bandolerismo, fueron otros, los enemigos de esa paz que recomenzaba: el PCC de Gilberto Vieira, sus brazos armados y la dirección del Kremlin. Fueron ellos los que decidieron que había que destruir el sistema bipartidista y llevar por la fuerza a Colombia al socialismo.
Son hechos innegables. Esa memoria es la que el PCC y las Farc quieren que sea abolida. Y lo han logrado, en parte. En julio de 2013, el Grupo de Memoria Histórica, tras investigar durante cinco años, entregó su “informe” sobre los horrores vividos por nuestro país desde 1958 hasta 2013.   Según ellos, 220 mil personas perecieron por el llamado “conflicto colombiano”. Fueron incapaces de revelar cuántas de esas muertes se deben imputar a las guerrillas.
Ese acto memoricida solo es tolerado en Colombia. Nadie acepta la teoría de los negacionistas (y de los jerarcas nazis durante el proceso de Nuremberg) quienes pretenden que los seis millones de judíos exterminados durante el Holocausto fueron “un detalle” de la segunda guerra mundial, es decir que fueron víctimas no del régimen hitleriano sino del “conflicto mundial”.
¿Quién se atrevería a contar así las víctimas? Nadie. Salvo en Colombia donde las 220 mil víctimas (cifra inexacta y tasada por lo bajo) de la guerra subversiva son tratadas por las Farc como un accidente que no debe ser imputado a nadie. Así va el llamado “proceso de paz” en Colombia.
Por: Eduardo Mackenzie

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